KAYAK POR MURCIA

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A finales de junio de 2017 un frente de mal tiempo inesperado cambió nuestros planes y acabamos por la costa de Murcia con el Kayak y fue todo un descubrimiento.

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El plan inicial de hacer kayak por el cantábrico se vio truncado por un temporal justo los días que teníamos reservados. Como nadie tenía ganas de que los ratos de descanso en las playas fueran bajo la lluvia, al poner el mapa de España en la web y ver que el sol iba a lucir los siete días en Murcia ni lo pensamos. Llamamos a Portuskayak para reservar cinco piraguas, las tenían y encima el servicio y el trato fue excelente por parte de todos, Jandro, Chari y Salvi.

Ocho horas de coche, montar las piraguas en las furgonetas, ir al inicio de etapa, desmontar y preparar el campamento, cuando la playa se quedó vacía y cenábamos sentados con el sonido del mar y el cielo estrellado, todo ese esfuerzo tenía sentido, habíamos acertado de pleno. Abrimos una de las botellas de vino de Rut y Eliseo y brindamos por la ruta que estaba por venir.

Este es el mapa de las calas donde dormimos. Trasladar esa ruta por carretera al mar y más o menos veréis donde hemos dormido.

Os haré un breve resumen de las etapas.

Primera noche dormimos en la Cala de los Cocederos, ahí excavadas en la pared había un as cuevas que usaban los esparteros hace años para dormir. A pesar del tractor que a las seis de la mañana nos despertó a todos con susto, el lugar y las ganas nos puso las pilas rápido. La primera remada de toma de contacto para ir haciendo el cuerpo a la posición, estabilizar la piragua en el agua e ir haciendo los brazos para los cinco días. Había que comprar y en Aguilas dejamos las piraguas en la arena y repostamos los tambuchos para la noche y desayunos siguientes.

Para comer paramos en Calabardina, un pueblecito que aún está a la espera de que los turistas rompan el silencio. Con la mayoría de los bares cerrados, al final comimos un plato combinado que a la postre fue el día más caro, Murcia por lo general es bastante barato. Sin echar siesta, aunque ganas no faltaban dejamos esa pequeña cala hasta nuestro primer final de etapa. Las fotos que subo son las que he hecho con el móvil, el resto que iba haciendo con la cámara acuática yacen al fondo del mar cerca de Cabo Cope. Una cámara inquieta, que se le va a hacer. Tras los esfuerzos baldíos de Xabi y Eliseo por recuperarla tiramos hasta Playa del Charco. Sola para nosotros, con un chiringuito a cien metros y sin tractores matutinos. Qué más se puede pedir. La única visita una oveja desorientada que a pocas no la cuenta.

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La segunda etapa comenzó con viento en contra y con la rotura de la cuerda del timón de Xabibig. Una multiherramienta, un mechero, varias cabezas pensantes y listo. En un arreón estábamos pasando calas vacías hasta Cala Siscal. Casi todos los días el paisaje era más o menos el siguiente, a excepción de los pueblos costeros, había tiradas de invernaderos enormes, acantilados, montañas con poca vegetación y muchas calas desiertas. Imagino que a excepción de los invernaderos el medíterraneo antes de la especulación era así. Ahora es una masa inmensa de apartamentos que ha destrozado el paisaje. Por suerte para nosotros estábamos en esa parte virgen donde llegar a una cala parecía una conquista.

Justo a la vuelta de Cala Siscal y de Punta de Calnegre esta el pueblo del mismo nombre. Era como si llegases a un pueblo de Jordania, de casas pequeñas, algo viejas, casi desierto y con algún carro en la calle. Ahí en el restaurante el Faro, fue el día que mejor y más barato comimos. Buen servicio, justo al lado del agua, buena comida y mejor precio. Para rematar nos echamos una siesta a la sombra de un ficus impagable.

En el mediterráneo está el viento más famoso que es el de Levante, que en el rumbo que íbamos nos daba de cara sobre todo. Pero en Murcia está otro que viene de Suroeste y es el Leveche. Es un viento térmico que se va levantando a lo largo del día, a veces incluso a las 12 ya lo tienes soplando y que va moviéndote el mar hasta hacerlo muy incómodo. Ese día soplaba fuerte y tuvimos que esperar hasta las 18:00 para que bajase un poco. Estar tirados viendo el mar, tampoco nos importó. De ahí hasta Cala Leño, fue un tirón con un paisaje de invernaderos. En la cala nos esperaba un grupo de nudistas, hay muchos por esta costa y un paseo hasta ver Bolnuevo al fondo. Otra noche de estrellas, vino y risas.

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El tercer día dejábamos Cala Leño sin saber que iba a ser uno de los más duros. Primero una remada con mar revuelto para llegar al puerto de Mazarrón. Antes vemos Bolnuevo y sus largas playas. Las olas rompen en la orilla y pensamos que mejor será entrar a puerto para que no sea tan difícil desembarcar. Allí tomamos un café antes de afrontar casi dos horas contra un viento de Levante hasta la Azohia. Uno sale de Mazarrón viendo el cabo al fondo y parece que está cerca, pero se hace eterno. Se hace derrogar, pero merece la pena llegar, un pequeño pueblo que se extiende desde una zona de camping hasta las casas protegidas por la roca. Tranquilo, bonito y con un restaurantes de vistas a la bahía. Comemos, descansamos y compramos la cena. La calma antes de la tempestad. Al girar el cabo, el mar se revuelve, las olas vienen de todos los lados, superan el metro y medio y las risas se acaban. Todos nos concentramos en mantenernos sobre la piragua, el objetivo es llegar a Cala Cerrada y se hace derrogar. Por fin la vemos y con el vaivén del mar pasamos la entrada hasta una playa de piedras. Con los pies en tierra se nota que no ha sido fácil, las caras son de alivio y chocamos las manos. El esfuerzo tiene recompensa porque el lugar es espectacular. Las montañas nos rodean, al subir hay un balcón del que se ve el otro lado del cabo y la panorámica es increíble. Disfrutamos de las vistas y luego toca reponer con una buena cena el esfuerzo del día. La noche nos depara una ventolera considerable que casi se lleva la tienda de campaña.

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Al amanecer el mar está algo más calmado, pero no mucho. Después del desayuno toca dar paladas con un mar movido con viento de levante. Seguimos los acantilados hasta Cabo Tiñoso. Al girar la bahía es impresionante. Para mí de lo mejor del viaje. En vez de hacer un recto hacia El Portús, vamos pegado a tierra y pasamos por varias calas muy apetecibles, pero seguimos hasta Cala Aguilar. Está más resguardada del viento y en ella descansamos un rato. Ahí vemos los primeros árboles del viaje y una cueva a la que se puede entrar o buceando o por un agujero en lo alto.  Se necesitan cuerdas así que queda pendiente. De ahí vamos hasta El Portús donde nos espera Jandro con una ensalada y una botella de jumilla fría. Mejor recibimiento imposible. Para rematar Chari nos deja echar la siesta en su porche, con lo que continuamos hasta la última cala donde dormiremos en el viaje con fuerzas renovadas. El mar está bastante movido, el viento es de sureste y no es fácil estabilizar la piragua. Nuestra primera idea es para en Playa Fatares, pero el viento y lo pequeña que es no invita a quedarse. Luego paramos en la cala que está justo en el cabo, allí hay una pareja pasando noche, pero el viento sigue dando fuerte y no nos convence, así que tiramos hasta la Parajola. Ellos se sorprenden de vernos seguir  y dicen que a ese mar no salen ni con flotador. Acertamos y una pequeña playa de arena y bien protegida será el lugar perfecto para la última noche. Antes de cenar subimos para disfrutar de las vistas y ver si encontramos alguno de los fuertes con cañones que hay por toda la costa. Tras la cena llega la noche en la que mejor dormimos todos.

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El último día dos siguen hacia Cabo de Palos y el resto regresamos a El Portús. Nos recreamos en el paisaje ya que el mar ayuda con su calma. Dejamos las piraguas en unas rocas para entrar en una cueva pequeña en la pared. Al no tener linternas de agua, nos quedamos con las ganas de sumergirnos y ver un poco más las cavidades que hay. Luego en el Portús toca sacar todo el equipaje y despedirnos de todos. Eso sí, antes de montarnos en la furgoneta el tiempo nos regala un tormentón de granizo inesperado que desaloja la playa en un minuto, arrastra barro hasta teñir el mar y nos deja preocupados de pensar a nuestros compañeros en mitad de la tormenta. Lo bueno es que a ellos les pilla muy poco y disfrutan de dos días de piragua hasta cabo de palos y mientras tanto nosotros regresamos hasta Navarra satisfechos de la experiencia.

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